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Un marido llora desconsolado en el suelo de una habitación, se rehúsa a hablarle a su esposa. Un hijo se esconde de sus padres tras la puerta del baño, pide soledad. Una mujer responde “bien” a la pregunta “¿cómo estás?” formulada por su amigo, al hacerlo miente. Un hombre se dirige a una multitud, lo recorre un sudor frío al hablar. Una maestra olvida el hilo de su discurso frente a sus estudiantes, ha recordado su tristeza. Todos callan, y el silencio que los puebla es la materia de la intimidad.

Ni la privacidad compartida ni la coexistencia, garantizan la transferencia de lo íntimo. Lo no dicho está, así no se muestre, así se deslice garganta abajo; y lo dicho tiene fugas infinitas que varían con los receptores y con la repetición. Las palabras arrojadas por todas partes y los oyentes, son como las manos que extendidas sobre la tierra, tratan de alcanzarse y permanecen detenidas en el intento.

Esa sensación de tremenda soledad que queda después de articular palabras con la intención de decir algo, es la que me ha revelado la experiencia de la intimidad.

Sally Mann, Untitled (2000-2001) de la serie Body Farm

Lejos de asociarla de manera exclusiva con lo privado, la he encontrado latente en todos los escenarios: puede habitar la esfera pública y privada si quiere. No depende del espacio, es singular. El popular filósofo surcoreano Byung-Chul Han, se ocupa, entre otras cosas, de la singularidad en su libro La expulsión de lo distinto. Al hacerlo, la ubica del lado de lo atópico, de aquello que no puede nombrarse porque escapa a las palabras, de aquello que no puede ubicarse porque no depende del espacio.

Lo íntimo es singular y, dependiendo de sus matices, inefable o nefando. Deviene intransferible en tanto no puede ser nombrado y nutre los esfuerzos comunicativos. En mi caso, la impotencia me empuja a procurar explicarme cada vez mejor, con mayor detalle y mayor claridad. Pero procurar no es garante. Las palabras que digo cuelgan de mi boca y llegan otras a quienes me leen, a quienes dicen que me escuchan. No me queda más que seguir buscando el milagro de la comunicación mientras observo los innumerables accidentes que sufren mis palabras y reconozco, en aquello que no puedo transferir, la gema preciosa de la intimidad.   

El decir, puente frágil, deja insatisfecha la necesidad de transmisión. Entonces aparece la creación anhelando transferir lo intransferible. El artista trae consigo una promesa de diálogo que coloniza nuevos horizontes y el espectador asiste esperanzado: “aquí he de escuchar lo dicho y ver lo no dicho”, “el artista ha de desvelar la verdad”, “el artista ha de captar la quintaesencia de las cosas”.   

En Prenez Soin de Vous (Take Care of Yourself) la francesa Sophie Calle, somete a la interpretación de muchas mujeres, la carta que dejó su pareja al terminar la relación que ambos tenían. Dichas interpretaciones fueron plasmadas en diferentes soportes (fotografías, textos, vídeos) y exhibidas en una instalación. Aquello que en Calle despertó afectos íntimos e intransferibles, fue llevado otras mujeres que con suerte, aclararían lo que se escondía tras las palabras, lo no dicho que goteaba por las letras.

Como resultado, Calle no sólo cuida de sí misma y atiende su duelo (experiencia subjetiva, singular, íntima), sino que regala al espectador evidencia de la fuga que supone el ejercicio comunicativo. Cada interpretación expuesta arrastra consigo una distancia inasible entre lo dicho y lo leído, entre el lector y el silencio de quien escribía una nota antes de partir. Miro el collage de singularidades colgado en la pared, y veo ilustrado -con una precisión dolorosa- el fracaso de la comunicación a pesar de los múltiples intentos por conjurarlo. Un fracaso para nada despreciable, ya que alimenta la búsqueda de quien crea e impide que se agoten las obras, los intentos.

 

 de la serie Prenez soin de vous, de Sophie Calle 

 

Prenez soin de vous, de Sophie Calle 

Quien captura ha de transformarse en el alfarero de Heidegger, que moldea un vacío al hacer una jarra, jarra que no sólo es contenedor sino también vacío contenido: esencial. Quien captura ha de continuar en el intento de asir el vacío, rodeándolo de belleza, dolor, horror, verdad, palabras y silencio. Y aunque en la obra, signada por la luz, veo los contornos del vacío, no veo lo no dicho que la constituye. Las imágenes detenidas procurarán capturar lo que se fuga, aquello que el gran dique del lenguaje no pudo contener, y al hacerlo se llenarán del vacío que deja lo ausente.

Graduate of the Ecole Normale Supérieure, Mazarin Pingeot, de la serie Prenez soin de vous, de Sophie Calle 

 

Ethnomethodologist, Barbara Olszewska, de la serie Prenez soin de vous, de Sophie Calle 

 

Crossword Writer, Catherine Carone, de la serie Prenez soin de vous, de Sophie Calle 

 

Gracias a mi experiencia vital y al interés en la filosofía y en el discurso psicoanalítico, he aceptado que los límites entre nosotros acosan nuestros encuentros. No es conflicto, es existencia. No es pesimismo, es goce. Y gracias a ello tenemos el esfuerzo por retratar la intimidad, por transferirla, por conjurar la soledad de lo que no se nombra. Y si las interpretaciones se untan de lenguaje autorreferencial, se llenan de la singularidad del intérprete, se vacían de la intimidad que gesta; nos alejamos, y eso nos emparenta. Nos buscarnos en las imágenes de otros, buscamos a otros en las nuestras, y con suerte nos encontramos, no con quien ve lo no dicho, sino con otro que también dice y al hacerlo, trata de moldear su vacío (su intimidad) y compartirlo.

Aceptamos el abismo y nos convertimos en los amigos de Maurice Blanchot en su precioso ensayo La Amistad: nos miramos unos a otros desde diferentes orillas, sin interferencia, sin obligaciones. En soledad compartida.

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Ana María Arango Correal

Nací en Medellín el 28 de agosto de 1990. Estudié psicología y soy candidata a magíster en filosofía. Me interesa el problema de los universales. Me gusta escribir, ir a cine y enseñar.